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LA OTRA FORMA CANARIA DE HACER LAS COSAS

 

Cada año, el Parlamento de Canarias celebra su particular ritual político: el Debate sobre el Estado de la Nacionalidad. Un nombre cursi y nacionalista que, en la práctica, esconde una preocupante realidad: hace mucho tiempo que en nuestra cámara autonómica no se confrontan ideas, sino que se perpetúan inercias. Lo que debería ser un espacio de debate sobre el futuro de Canarias se ha convertido en un teatro de retórica vacía y de baja calidad, donde gobierno y oposición intercambian reproches sobre la gestión de unos y otros, pero a la hora de hablar de los distintos proyectos para Canarias, se produce un silencio atronador hasta que el presidente Clavijo sale a felicitarse a sí mismo por «la forma canaria de hacer las cosas». 

Esta «forma canaria de hacer las cosas» presume de llegar a grandes consensos. Así, gobierne la fuerza política que gobierne, se garantizará que las políticas no cambien demasiado. Como defendía el propio Clavijo: «No soy ni de izquierdas ni de derechas: soy canario». De esta forma Clavijo define a la sociedad canaria como una masa con pensamiento único, una comunidad con ciudadanos menores de edad incapaces de tener opiniones propias más allá de las imposiciones del nacionalismo —y la izquierda—. Esto se refleja en los temas sobre los que se presumió de consenso el otro día: implementar la ecotasa, subir impuestos a los emprendedores, limitar la compra de vivienda por parte de extranjeros o negarse a explorar los recursos naturales de nuestras islas y aguas territoriales —al menos antes que Marruecos—. 

Sobre este consenso, hay una cita de Margaret Thatcher que sigue siendo de rabiosa actualidad: «Para mí, el consenso es el proceso de abandonar las propias creencias, principios, valores, y políticas en la búsqueda de algo en lo que nadie cree pero a lo que nadie pone objeciones; es el proceso de evitar precisamente los temas que necesitan ser solucionados simplemente por el hecho de que no puedes obtener acuerdo sobre ellos. ¿Alguien puede nombrar alguna gran causa por la que se haya luchado y ganado bajo el estandarte de “busco consenso”?». 

En Canarias, este consenso ha caído como una losa sobre la ciudadanía. Ha instalado la política autonómica en un conformismo y mediocridad que expulsa cualquier idea mínimamente ambiciosa del debate, tachándola de extremista. Sin embargo, el pensamiento realmente extremista es esa «extrema nada» que ha convertido una tierra que, por su posición geográfica, tiene el potencial de ser la locomotora económica de Europa, en un territorio inhóspito con unas clases medias deterioradas, donde nadie quiere invertir, crear riqueza y donde a los jóvenes se nos dice que debemos marcharnos porque «las oportunidades están fuera». 

Frente a este consenso fracasado, existe una alternativa: «la otra forma canaria de hacer las cosas», una forma en la que se prueban las recetas demonizadas por los activistas que han secuestrado a nuestra clase política, donde se hace política para las familias, las clases medias, los jóvenes, los autónomos y los emprendedores. El mundo está cambiando a pasos agigantados y, con las reformas económicas necesarias, reduciendo trabas y con una fiscalidad atractiva, Canarias tiene potencial de convertirse en un hub que atraiga talento y riqueza, un cruce de caminos en el que nuestros compatriotas europeos, nuestros hermanos americanos y nuestros vecinos africanos puedan invertir, hacer negocios, trabajar y lograr que la palabra «diversificación» deje de ser una quimera. 

Si dejamos de tener un miedo irracional al crecimiento, podremos convertir nuestras ciudades en auténticas capitales atlánticas, llenando de vida y dinamismo unas calles cada vez más deprimidas, conectando mucho mejor Las Palmas de Gran Canaria o Santa Cruz de Tenerife con sus áreas metropolitanas, modernizando nuestras infraestructuras y adaptando nuestro urbanismo a un proyecto mucho más ambicioso de Canarias, mejorando de camino problemáticas como la de la vivienda al apostar por la oferta. 

Así, con esta otra forma canaria de hacer las cosas, Canarias puede dejar de ser un territorio condenado a la resignación para convertirse en una región de oportunidades. No estamos predestinados a la irrelevancia, ni a la fuga de talento, ni a la depresión económica crónica. Solo si abordamos estas reformas necesarias, Canarias hará valer su posición dentro de España, complementando a regiones en imparable crecimiento como Madrid, Andalucía o Valencia, y reforzando el peso geopolítico de nuestra región y el conjunto de España. 

Frente al conformismo paralizante, debemos apostar por un modelo basado en la ambición, la innovación y la libertad económica. No necesitamos más trabas ni discursos derrotistas, sino condiciones para que la inversión fluya, para que los jóvenes tengan futuro aquí y para que Canarias deje de ser un destino turístico low cost y se convierta en un motor de crecimiento, un puente estratégico entre continentes y una referencia de prosperidad dentro de España y Europa. 

El problema no es que falten ideas, es que se han silenciado las correctas en nombre de un consenso que ha fracasado. Si rompemos con esa «extrema nada» que nos ahoga, si apostamos por una Canarias que atraiga, que innove y que crezca, entonces, y solo entonces, estaremos realmente decidiendo nuestro propio destino.

 

 

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