ÚLTIMA HORA

UNA MANO EN EL HOMBRO

Tino de la Torre

Empresario y escritor

 

 

No, no creo que te roben el alma cuando te hacen una foto. Esa suerte de animismo que otorga a una cámara semejante poder quizá surgió por la novedad del invento y porque en la vida de una persona podían caer, con suerte, no más de 20 fotos. La mayoría, ni eso. Ahora es un no parar.

Pero sí opino que en cada foto contamos algo de nosotros. Que queremos comunicar o simplemente se escapa. Fulano metiendo tripa, Mengana lo sigue pasando mal y no remonta, esa miradita entre cuñados…

Por eso no me gusta ver fotos a toda velocidad. Ni mirar muchas fotos ya que al final todo se empasta en el cerebro como cuando se huelen varios perfumes para decidir “cual me gusta”. A cada cosa su tiempo.

He perdido calidad con amistades o directamente las amistades por no aceptar la amable invitación de “quedamos en casa y os enseño las 2,500 fotos que hice durante la semana de crucero en los fiordos”. Prefiero una moción de confianza al Gobierno en la tele con todas sus horas.

Los nacidos en los 60 o baby “boomers” (por que como no lo digas en inglés parece que se entiende menos; por irónico que sea esto) no teníamos móviles, pocas horas de tele o ninguna y la mayoría de las imágenes que guardamos, son vivencias más o menos interpretadas, para que el recuerdo nos cuadre bien…

Diría que por cada década se hace un nuevo filtrado de los recuerdos para ir acomodando en las estanterías de cabeza y alma nuestros “patios de Sevilla donde crece un limonero”, como luminosamente Machado pintó su recuerdo de infancia. Irónicamente, también acabó su vida fascinado por la luz y lo dejó escrito en aquel papel arrugado en su bolsillo ya camino de Colliure con esas líneas postreras: “estos días azules y este sol de la infancia”.

Para el que escribe entre aquellos recuerdos, en aquella casa del pueblo, estaban los retratos que colgaban de la pared. Los marcos torcidos, un cristal roto por una mala caída y un cordel que se agarraba angustiosamente a la alcayata para no volver a caer. Siendo chaval, en aquellos veranos con un sol de justicia (que debía ser algo parecido a la “alerta roja por calor”), me gustaba abrir de un manotazo aquella cortina gruesa y pesada de la puerta y ver como un fogonazo de luz entraba a toda velocidad por el angosto pasillo hasta casi el fondo. Nunca llegaba hasta el final por lo que siempre había algo de tenebroso en aquella parte final de la casa. Un leve olor a húmedo completaba la escena.

No me gustaba ir solo “más allá de la luz” e intentaba que mi madre o la abuela me acompañaran con alguna excusa allí, más allá de las sombras.

Una vez abierto el cortinón y con la luz ofreciendo seguridad entraba deprisa a beber del botijo o a sentarme un poco a reposar y quitarme el sofocón de la calle. Me entretenía viendo la guía de teléfonos de la provincia buscando cuantos había con apellido como el mío o con algún apellido difícil de rima fácil; estaba en esa edad.

En la entrada y a la derecha la foto grande enmarcada. En ella unos bisabuelos envueltos en color sepia miraban al que entraba y salía. Me dijeron que era del día de su boda. El sentado y ella de pie con la mano en el hombro. No había pasión, ni pétalos de rosa cayendo alrededor, ni ceremonias exóticas, tampoco “wedding planner”. Había un acompañamiento para que la vida por delante fuera más llevadera, un noviazgo que quizá fue de mucha misiva y poca caricia. Y todo se centraba en la confianza (ella sobre él) que era esa mano posada. Después de aquello, una vida con algunas alegrías y muchas fatigas. Hasta alguna emigración de las muy lejanas. No hubo tiempo para el tonteo.

En el sacramento de la confirmación una mano en el hombro: el padrino sería el apoyo en la Fe.

He visto hoy, en aquella foto de un domingo, una mano puesta en mi hombro. Y en ella una confianza que no es impostada. Se recibe y obliga. Y se agradece. Y lleva sonrisa. O estoy adelgazando o me pesa un poco menos la vida.

Y un último aviso: el que no tenga pueblo que se lo busque. Al paso que vamos esto se acaba.

 

Tino de la Torre – Gerente de Westfalia Gestión de Patrimonios y Escritor

 

 

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